Agora de Historia y Opinión

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Una forma diferente de ver la actualidad política y social.
Un balcón para la Historia.
Un Racó per a Catalunya.

Fuente imagen: Pixabay.

 

Con este relato inicio una serie que sirve para relajar el ambiente de mi muro, un tanto politizado por el devenir de la realidad y evadir la mente por breves instantes.

Son cuentos de taller, que escribí hace muchos años con la osadía del escritor novel, que creía en la gloria al primer saque. Como hijos de una mente inquieta e insegura, han permanecido en el baúl de los recuerdos, sin ver la luz, por miedo a perder la inocencia. Y ahora, los dejo aflorar para goce propio y ajeno.

EL CAFÉ SE ENFRÍA (Marzo-1998)

Agarró la mano tendida y se incorporó lentamente, permitiendo que la mirada de él se recreara en aquella parte de su anatomía. Le vio entrecerrar los ojos, como intentando ahondar en la penumbra que la menguada falda aun velaba. El dibujo de las medias lo distrajo y cuando detectó la sonrisa burlona de ella se sonrojó.

– Perdone. No era mi intención… – un nudo le detuvo el sonido que nacía de forma carrasposa.

– Es usted, quien me tiene que disculpar. Iba distraída y no me he dado cuenta de que estaba atándose el cordón del zapato.

Los dos se miraban sin atreverse a romper el hechizo que los mantenía atrapados. Lo mismo podía haber transcurrido un segundo como un siglo y ninguno inició el primer paso para salir a la realidad. La bocina de un coche les ayudó y el sobresalto de la estridencia les dio la oportunidad que no deseaban. Ahora, era él el que sonreía y ella la que se mostraba ruborizada, aunque sin saber a que atribuirlo. Aquel cambio de papeles le envalentonó.

– Me siento en la obligación de invitarla. Un café le entonará el cuerpo. Y de camino reparo la imprudencia por haberme agachado sin señalizar la posición.

– Tampoco es para tanto. Aunque creo que se lo tiene merecido por descuidado.

Ella se alisó la falda con coquetería e iluminando sus hermosos ojos al aceptar la propuesta encaminó sus pasos, seguida de él, hacia una de las mesas que se hallaban a la puerta del pequeño bar. El sol de media mañana comenzaba a asomar titubeante entre los oscuros nubarrones. El camarero, solícito ante sus primeros clientes, acudió con rapidez a servirles. Mientras tanto, un nuevo silencio propició que sus miradas se acariciaran con sigilo. Él no encontraba la pose adecuada para sus manos que navegaban de un lugar a otro. Ora buscando en los bolsillos, ora cruzando los dedos… Ella, inspeccionando su bolso como si fuera la primera vez que lo veía. Llegaron los cafés y fue la señal. Los dos a una, se abalanzaron sobre el terroncillo de azúcar que temblaba al borde del pequeño plato. En tanto, sus miradas seguían inmersas en el mismo juego. Intentado traspasar la retina del contrario. La cucharilla entró como un relámpago en la taza y agitó con fiereza el negro líquido cubierto de espuma, haciendo resbalar algunas gotas por el borde.

– A ti te toca – indicó él.

– ¿Qué es lo que me toca a mí? – se sorprendió ante el repentino tuteo.

– Hablar. En estos casos las personas hablan – las palabras sonaron irónicas  -. El castigo por derramar el café consiste en ser la primera que hable.

 – Pero, ¿Hablar…? ¿De qué? – enarcó una ceja.

Las cucharillas sustituyeron la conversación y durante unos segundos sólo se oyó su repiqueteo, golpeando con insistencia en la oscuridad para destruir cualquier atisbo del blanco elemento endulzador.

– Será mejor que paremos. Van a creer los transeúntes, que estamos dando un concierto en la vía pública – dijo él soltando el utensilio a un lado.

– Tienes razón.

La mirada de ella se desvió unos segundos para comprobar si sus extraños comportamientos atraían la atención de alguien. Momento que aprovechó él para mirar sus labios. Eran carnosos. Destacados por un eficaz toque de carmín resaltando la sensualidad que en aquel punto se concentraba. Aceleró su mente en busca de algún pretexto que provocara el acercamiento al beso. Ella fue más rápida. Una sola frase y destrozó la magia del instante.

– Estaba deseando… – se interrumpió él, como si presintiera que había hablado a destiempo.

Vio los ojos de ella, abiertos, de par en par, cubriendo todo su cuerpo en abanico. Al mismo tiempo que las pupilas lo perforaban en su interior, rascando en su mente. Estaba seguro que había leído su pensamiento. Alejó la vista de aquellos labios que le atraían y percibió una oleada de calor que le inundó la cara y salía irradiando las orejas. Se avergonzó de su callado pensamiento. ..

– ¿Qué es lo que estabas deseando? – replicó con ansiedad.

– Nada… Iba a decir una tontería – lanzó un manotazo al aire para espantar una imaginaria mosca -. ¿En qué estás pensando tú?

Estuvo a punto de descubrir su pensamiento, prendido por la dulzura del sonido que surgía de aquella boca sensual. Recordó a los argonautas atraídos por las sirenas y no dudó, de que aquella leyenda hubiera sido realidad. Y con un toque de vulgaridad, cogió la taza con dos dedos sorbiendo lentamente el negro líquido y volvió a la realidad.

– No. Es otra tontería. Sigue hablando – le apremió él.

– Estaba pensando que ha sido una coincidencia nuestro encuentro. Y estaba deseando que no finalizara…

Se miraron, de nuevo, a los ojos y comprobaron que el encontronazo de sus pupilas no le provocaba temor. Se recrearon largamente, sin parpadear ni una sola vez, hasta que la brisa fría hizo que unas lágrimas pulularan por salir. El propio brillo de las mismas les alertó sobre una nueva situación embarazosa.

– Yo también deseo que esto no acabe nunca – La voz de él sonó como una súplica.

Movieron sus manos al mismo tiempo y se llevaron las tazas a los labios. Una mueca se reflejó en sus rostros.

– Está frío… – las palabras brotaron simultáneamente de ambos y una fuerte carcajada les conmocionó.

En realidad, un café frío no sirve para entonar el cuerpo, pero puede acicalar una historia.

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